© Fundación Livia y Ricardo Miravet. 2019.

Ronda Castillo 3, 12312 Todolella

Castellón, España

Recuerdos e impresiones de la Todolella y su castillo

Según las guías turísticas, Todolella es un pueblo pequeño, célebre por su danza guerrera, coronado por un castillo gótico digno de ser visitado. Hablar del pueblo o del castillo haciendo una reseña turística descriptiva de los lugares, probablemente tendría poco interés, ya muchos lo han hecho con más o menos felicidad, y estas descripciones se pueden encontrar en las múltiples guías que circulan.

Más interesante, quizás, será hacer una reseña histórica; pero aquí nos encontramos con ciertos escollos difíciles de vencer, puesto que, para hacer una reseña histórica, digna de este nombre, se necesitan documentos, y no sólo guisarse por la tradicional; y estos documentos, al menos respecto del castillo, son escasos. De esta gran casa se conocen las familias que lo han poseído a través de los siglos, sus nombres y su genealogía, poco de lo que han sido y lo que han hecho y nada de la arquitectura de la casa misma.

En realidad, el castillo puede tener dos historias paralelas. Una, la historia documentada, que conocemos bien y de la cual podemos hacer una brevísima síntesis, porque no comporta nada de extraordinario, y la otra, la historia conjeturada, deducida de la observación de su arquitectura y de sus transformaciones visibles, y que llamaremos la historia imaginada, y, por qué no, soñada.

La historia documentada del castillo

La documentación original referente al castillo ha sido estudiada por dos preclaros historiadores regionales de cuya amistad nos enorgullecemos. Se trata de Mosén Milián Boix, de Morella y de Don José Eixat Frasno, de Forcall.  El primero publicó en el boletín de Amigos de Morella (N°IV, 1974-1978) un trabajo sobre los señores del castillo, desde la reconquista hasta el siglo XV. El segundo, el querido y eminente don José Eixart Frasno hizo un bello artículo sobre el escudo de la villa (trabajo inédito, creemos, leído por su autor en el Ayuntamiento de Todolella y ha juntado una serie de documentos notariales para escribir la historia de la Todolella desde el siglo XVI hasta nuestros días, que complementará así la obra dejada inacabada por Don Manuel Milián Boix.

El historiador forcallano ha tenido la bondad de comunicarnos algunos resultados de sus investigaciones. De ambos trabajos surge una terrible verdad: El Castillo de la Todolella no tiene prácticamente ninguna historia, como los pueblos nuevos o las mujeres honestas. Aclaremos, ningún hecho extraordinario o heroico que pudiere servir de base a una interpretación legendaria. No. Veamos:

El primer documento escrito es la carta puebla dada por el Rey Jaime I, el Conquistador, el 2 de agosto de 1242, en pleno período de reconquista, por la cual otorga la posesión del castillo a uno de los nobles del séquito del célebre caballero D. Blasco de Alagón. Don Ramón Calvera. Los siglos pasan y los descendientes heredan regularmente la propiedad, llamándose señores de Sarañana y del Castillo de la Todolella, y más tarde, también señores de Villores. Entre sus sucesores, sólo uno se destaca: el célebre Francisco de Vinatea, cuyo nombre ha quedado en la historia por el valor con el que defendió ante el Rey los fueros valencianos. Aquí también se destacó, pues según parece, mató a su esposa y al amante de ésta, sorprendidos en flagrante delito de adulterio en 1320. Un siglo más tarde, alrededor de 1440, y sin que se conozca la causa, el Rey Don Fernando de Antequera se incauta de los bienes de uno de los sucesores, Don Juan de Vinatea, para restituírselos poco tiempo después. Y así pasaron los siglos sin que nada notable tenga por escenario el castillo. Las familias nobles que lo poseyeron, siempre por herencia, repetimos, tuvieron por nombre, Calvera, Vinatea, Duquesa de Lécera, Rovira, Figuerola, Vidal, Castillo, ésta última, con el título de marqueses de llanera, realizó la primera venta documentada del castillo, pues lo vendió a sus procuradores, la familia Ferrer en los años cuarenta de este siglo, y a ellos se los compramos nosotros, como luego lo narraremos.

 

Y hay que aceptar la realidad. El castillo no tiene historia. Ningún hecho notable, ni épico ni heroico sucede en él. Se sitúa casi al margen de la historia y la contempla impasible.

Hemos leído sinnúmero de historias regionales, sobre la guerra de sucesión del siglo XVIII, en cuyo transcurso se llevó a cabo una importante batalla en 1710 en el Puente de la Todolella entre morellanos partidarios de los borbones y “migueletes” partidarios de la Casa de Austria. Hemos leído largas crónicas sobre las guerras civiles del siglo pasado en las que los carlistas dominan toda la región, comandando en ella, desde Cantavieja hasta Morella, el General Ramón Cabrera, con infinitas escaramuzas y batallas. Hemos estudiado la historia de la última guerra civil, donde el avance nacionalista que determinó su triunfo, de Teruel a Vinarós, pasó evidentemente por aquí.

Y bien, en ningún momento se hace referencia al castillo. Singularmente parece ser una fortaleza en la cual nunca se libró batalla. Aún más, sabemos por tradición oral que en esta última guerra civil, los republicanos que expropiaron el castillo, se atrincheraron en él, abriendo boquetes en varios lugares para disponer ametralladoras y piezas de artillería ligera. La orden de retirada llegó antes de disparar un solo tiro, y los boquetes sólo fueron una fatiga suplementaria y desagradable para la familia Ferrer, que debió taponarlas después. Sin embargo, durante esta guerra cayó una parte de la muralla exterior. Quizás algún día aparecerán nuevos documentos que cambiarán esta visión…

Queda la historia conjetural o soñada, la que podemos redactar gracias al amor al lugar y a las observaciones de ya muchos años, ayudándonos, claro está, con la historia de la arquitectura española.

La historia conjetural soñada

La documentación nos dice pues que la construcción ya existía en el siglo XIII, cuando la reconquista, verdad de Pero Grullo afirmar pues que el castillo fue árabe y, remontando algo en el tiempo, que perteneció a Don Rodrigo, el Cid campeador, cuyo señorío comprendía estas tierras en el siglo X. Pero debemos también aceptar aquí que nada dicen las crónicas cidianas sobre la Todolella, aunque el “Cantar de Mío Cid” hace referencia al cercano castillo de Olocáu, hoy completamente arruinado.

La parte más antigua del castillo, es, de toda evidencia, la llamada, y con razón, “Torre Vieja”. Construida íntegramente sobre la roca, con muros de un espesor de 2 metros en la parte baja, perfectamente bien conservada, fue en su origen una torre aislada, independiente, pues tiene, como todas las torres árabes aislada, un agujero entre la planta baja y el primer piso, por el cual se podía quitar la escalera de acceso en caso de padecer un ataque.

Más tarde se construyó la parte baja de la fachada actual, con una torre central, toda la piedra de sillería bien acabada, a la cual se añadieron más tarde las dos habitaciones laterales, de piedra algo más tosca, menos pulida y simple. Por fin “la torre nueva”, construida sobre blando, por lo cual tuvo que rehacerse una o dos veces, la última vez, parece, el siglo pasado, y que nosotros tuvimos que consolidar hace pocos años. Un pasadizo superior entre las dos torres, del lado opuesto a la fachada actual, tiene rastros de una garita de centinela, con piedras de sillería muy pulidas, punto desde el cual se tiene una visibilidad muy amplia, hasta Forcall, dominando todo el valle del río Cantavella.

Se observa también que muchas transformaciones se realizaron con el correr de los siglos. Hubo períodos durante los cuales se obró mucho. Llama la atención todo lo que se realizó a fines del XVII y principio del XVIII. En esa época se hizo la hermosa y típica cocina aragonesa de chimenea, curiosamente a una altura intermedia de entrepiso, para lo cual se rellenó una parte de la planta baja, tapando bellos arcos de medio punto, inutilizables para siempre. De la misma época, de acuerdo a las modas, datan probablemente las alcobas de las habitaciones principales y el hierro forjado de la cisterna, muy similar al de la cisterna del ermitorio de San Cristófol. Creemos que ambos son de 1720.

Cuando llegamos a la casa, ciertas añadiduras eran, con claridad, recientes, una gran sala de la primera planta se había dividido con someros tabiques en tres cuartos, en uno de los cuales, el del centro, con restos de chimenea se había hecho una cocina. Desde luego, se voltearon los tabiques, se reconstruyó la chimenea, y, en el fondo salió una puerta de cuadrones cuyo marco era muy decorado, y sólo daba a un cuartico de pocos metros cuadrados, pero con suelo de piedra. A lo largo del balcón cubierto que lleva a la torre nueva, habían otros dos cuarticos en los que se hacían las salazones de los jamones. Lo que correspondía a éstos en la planta baja, estaba relleno, salvo el extremo en que una gran puerta de arco a medio punto, correspondiente y similar al arco que se había tapado para hacer la cocina, también daba entrada a un pequeño cuarto. Estas incongruencias despertaron nuestra curiosidad, mirando bien, el relleno de la planta baja reposaba sobre un arco que nos hizo pensar que podría ser base de escalera, sondeando los pisos de la primera planta y se pudo reconstruir la gran escalera de la entrada principal. Sin documentos, nos guiamos de nuestra intuición y de las otras escaleras vistas en la zona para hacer algo que no desdiga con el lugar, con la esclarecida ayuda del maestro carpintero todolellano, Don Roberto Monserrate.

Además hubo que reconstruir la muralla exterior caída durante la guerra. Aquí también trabajó todo el pueblo bajo la coordinación ilusionada de Don José María Armengot. Como había que rehacer o cambiar algunas piedras, entramos en contacto con Don Julio Valle, hábil picapedrero de Forcall, que con su experiencia y saber nos enseñó a mirar las tallas de las piedras y, por ese medio , a datarlas. Don Julio nos determinó cuáles eran las épocas de las diferentes tallas, y sus conclusiones coincidían con lo antedicho: la torre vieja y el cobertizo, con dos grandes puertas a cada lado, eran la parte más vieja del castillo.

Basten pues estas breves consideraciones históricas y arquitectónicas y vayamos a nuestra propia experiencia, que es más bien anecdótica, y una observación de la vida cotidiana del lugar.

Recuerdos y anécdotas de hace dos décadas

¿Qué podemos decir de Todolella y de su castillo, habiendo convivido con él más de veinte años? Quizás, lo que podría interesar, al menos a algunos lectores potenciales, son ciertos recuerdos o impresiones de ojos foráneos que llegaron a este lugar hace veinticinco años con una lengua gracias a la cual se podían comunicar sin dificultad, pero totalmente ignorantes de sus costumbres, modo de vivir, organización social. Tanto más, cuanto que hoy casi hemos perdido la posibilidad de los relatos orales, a pesar del exceso de lo que se llama comunicación, con la vida cada vez más agitada, ahora tenemos cada vez menos posibilidades de relatos en grupos reducidos. La televisión y la posibilidad de desplazamientos autónomos con los coches individuales, han hecho desaparecer las reuniones y veladas que permitían los intercambios de las impresiones vividas. Hoy nos vemos reducidos a comunicarnos por intermedio de escritos, o de imágenes de masa. Vayan aquí ciertas anécdotas que pueden ser un reflejo de lo que era la vida en estas tierras hace solo dos decenios: especialmente dedicados a los más jóvenes que no conocieron esas épocas.

El Marqués de Llanera y Simón de Ferrer, los últimos propietarios

Cuando, un poco por accidente, llegamos a la casa llamada Castillo, la primera intención fue tratar de darle nuevamente su rango, reconstruir lo destruido, deshacer los pegotes, tabiques y otras añadiduras, con una curiosidad lógicamente nacida luego de la adquisición de una propiedad llena de historia, pero, desgraciadamente, las paredes no hablan. Para ello, evidentemente, tratamos de informarnos de cómo era la casa en su origen, cuáles habían sido las transformaciones y en qué época se realizaron; la gran mayoría de estas investigaciones fueron infructuosas.

A nuestro gran desencanto, ni los archivos de Morella (los de arciprestal y los de la Villa han sido destruidos o desplazados), ni con las últimas familias que habían poseído la casa pudimos obtener ninguna mentalidad ibérica, cuyo pueblo durante siglos se ha caracterizado por su misticismo, y ha tenido un dejo de desprecio por la vida cotidiana. Así, de las personas se conocen sus títulos, sus relaciones con Dios y su comportamiento moral, poco de sus bienes materiales, muebles o inmuebles, y casi nada de su vida de hombre.

Dado la calidad y la importancia que seguramente ha tenido esta casa, pensamos que las familias que la habían poseído anteriormente, podrían tener algunos datos, ya sea de las personas o de la arquitectura. El señor que nos la vendió, Don Simón Ferrer, había nacido en ella, había conocido al dueño precedente, pero sólo tenía algunas fotos de su vida con imágenes exteriores del edificio antes de los últimos ultrajes de la Guerra Civil, y carecía de datos documentales. De la familia precedente, la del Marqués de Llanera, aún vivía la hija Marquesa en Valencia, que había sido su heredera. Tuvimos la suerte de poder obtener una entrevista con ella, pero si en la plática nos contó hechos interesantes, casi no conocía la casa, según ella una sola vez de niña había acompañado al padre a visitar el dominio; su padre también vivía en Valencia, y se apersonaba una vez por año en el momento de la cosecha para cobrar su parte y los diezmos. Según la gente mayor del lugar, que aún hoy lo recuerda, llegaba en mulo desde Morella, después de un viaje de posta desde Valencia, vía San Mateo. En los últimos años, sin embargo, ya tenía automóvil. Durante su estadía en el Castillo, vivía en dos habitaciones del primer piso, de las cuales uno era su dormitorio y cuarto de trabajo, y el otro que había convertido en cocina. Cuando la tarea de contar los sacos de granos se lo permitía leía historias de la vida de los santos para llenar su tiempo. Cuando estalló la guerra civil ya era una persona de edad, según se cuenta, en un momento de ella, estando en el Castillo tuvo que escapar en mulo, sin que supiera para dónde, por temores de agresión. La tranquilidad y el viaje, seguramente más que dificultoso, pudieron con él, y, según los decires muere poco tiempo después. Su hija, la Marquesa, achacando, quizás, al Castillo la muerte del padre, y no teniendo ningún apego particular por él, pone en venta al terminar la guerra, la casa y los campos (gran parte del término) y es así como Don Simón Ferrer puede adquirirlo y entra en posesión de la casa.

Normalmente, como buenos cultivadores locales, tratan de rentabilizar la casa; en ella se crían animales y se producen jamones. Pasan otros veinte años, y las dificultades de mantenimiento, de acceso, la relativa lejanía del pueblo, desalientan a su propietario, que ya también había adquirido edad respetable, y de nuevo se pone en venta.

Durante cinco años, de su propia boca, no encuentra comprador, y he aquí que pasan unos forasteros de orígenes lejanos, inconscientes y soñadores, buscando por razones sentimentales una gran casa en la zona, y, que después de una visita furtiva y una noche en vela se deciden tomarlo a cargo.

Tomamos la decisión de adquirir el castillo y nos instalamos

Allí comienza toda una aventura, ¿qué hacer con tanto “casalicio” vacío, no habitado durante años, y, por consiguiente, bastante abandonado, con muy pocos medios, menos tiempo y sólo cuatro brazos? Para comenzar, tratamos de tomarlo con calma, se decidió que año tras año recuperaríamos uno o dos cuartos durante las vacaciones que nos permitía el trabajo en un país vecino. A nuestra sorpresa, los brazos se hicieron múltiples, como en las diosas orientales. La solidaridad de la gente de Todolella nos permitía trabajos que nunca se hubieran podido emprender, aún con mucho dinero.

El primer año, la casa estaba vacía, sin un solo mueble, aun sin la limpieza necesaria, con un grupo de amigos acampamos en bolsas de dormir en un solo cuarto, y como era uno  de los del frente de la casa, que daba a las eras, y que era el mes de agosto, todas las mañanas el despertar era acompañado por los cantos, gritos y polvo de la trilla, que aún era totalmente tradicional; es decir con los grandes trillos de madera picados de silez (que hoy tanto se buscan y utilizan en decoración), tirados por un mulo con una mujer vestida toda de negro, cabeza y cara tapada, tal vez una musulmana, sentada encima. Viniendo de las grandes praderas argentinas, en donde, por la necesidad de la extensión de los campos, la mecanización comenzó enseguida después de la primera guerra del siglo y viviendo en Francia, en ese momento rica, con preocupaciones de producción intensiva, la trilla tradicional nos fascinaba y, al mismo tiempo un sentimiento de afecto y admiración por la pena que se tomaba la gente para sobrevivir, y nos decíamos: “¡trabajar con tanto ahínco, para tan poco fruto!”, y sin que el razonamiento fuera consciente, comprendimos cómo el Castillo había llegado a nuestras manos.

Con sistemas de trabajo totalmente primitivos, una organización económica de sobrevivencia sólo permitía una vida sin demasiadas angustias, y, para nosotros, lo más sorprendente era escuchar: “si nosotros somos felices, no tenemos ni hambre ni frío” ¡Cuánta sabiduría en esas palabras!

La región vivía casi aislada, muchos de sus habitantes habían ido una vez en la vida a Morella. Los que “tenían mundo” eran los que habían ido a trabajar a los Pirineos franceses, a las minas de talco. Y no podía ser de otra manera, con malos caminos, un automóvil en todo el pueblo, cuatro teléfonos y un televisor (el del cura), se vivía en una economía familiar cerrada. Cada familia hacía su trigo, y su molienda le daba la harina necesaria para el pan del año, que en cada casa se amasaba una vez por semana para cocerlo en el horno municipal (anteriormente del castillo, como así también el molino), se cultivaba su huerto por las hortalizas y frutos del verano, de los cuales muchos de ellos se secaban o se ponían en conserva. Para la carne se tenían las gallinas, los conejos, y evidentemente, se engordaba un cerdo con los restos y las malas patatas, lo que permitía los embutidos, el tocino, la carne en conserva y los jamones (que sólo se guardaban en las familias más pudientes).

Esta vida más natural, ecológica, según el término a la moda, tenía, claro sus enormes ventajas, para comenzar la solidaridad de la comunidad, pero el reverso eran ciertos inconvenientes de lo que podría llamar la vida cotidiana; el estanco solo tenía las cosas perecederas y, recordamos, en él no había ni leche ni vino, puesto que cada uno tenía lo que él producía.

Pero, la experiencia vivida fue sorprendente, en efecto, desde el primer día la colaboración y la ayuda de casi todo el pueblo estuvo adquirida, y nos dimos cuenta que esa casa casi olvidada y abandonada, era para los todolellanos el símbolo de un pasado y parte de su propia historia. Su recuperación ilusionó a mucha gente, que no sólo ofreció su ayuda, sino que por gestos, a veces inesperados, lo demostraron, depositando objetos pensando que allí perdurarían. De ellos, el más significativo, es el escudo de armas de Todolella, pequeño escudete datado de 1554 que fue encontrado entre las piedras al deshacer un pajar, y que Miguel Armengot nos trajo para ponerlo en el Castillo.

Para el arreglo del Castillo, muchos amigos locales y de Francia, participaron, pero sin dos de ellos poca cosa se podría haber hecho, sin Miguel Milián y José María Armengot la casa no sería lo que es. El empeño y el entusiasmo de ambos muchas veces nos permitieron seguir con una empresa que, por momentos, sobrepasaba tanto nuestras fuerzas como nuestras posibilidades, y, a veces también desalentaba, como cuando cayó un rayo e incendió una habitación principal, llenando de hollín las otras habitaciones, los cuartos de aseo y la ropa que había quedado en ella.

El cuarto de aseo y el colchón ¡vaya par de odiseas!

Al llegar ese primer verano a acampar en una casa que daba la impresión de abandonada, por suerte sin duendes, nuestra primera preocupación fue hacer un cuarto de aseo y tener una cama.

Una y otra fueron toda una aventura, experiencias que con el pasar del tiempo resultan graciosas y que parecen inverosímiles.

Para el acuarto de aseo llamamos al primer fontanero que encontramos en la zona, a pesar de decir que había trabajado en el extranjero en el sector, pero que muy probablemente era el primer cuarto de aseo que tenía toda responsabilidad y que realizaba por su cuenta, a nuestra sorpresa cuando dijo estar listo, las aguas se iban de un artefacto al otro, sin irse de verdad, era un problema de vasos comunicantes bastante fastidioso para el uso, estudiando el asunto nos dimos cuenta que los caños de evacuación eran chiquitines y que, además en vez de tener pendiente descendiente, ésta era ascendente, inútil pedirles que se lleven el agua. Hubo que recomenzar tres veces con la instalación lo que hizo que comenzó a ser funcional cuando nos íbamos, terminadas las vacaciones.

En cuanto a la cama, no hubo problema para comprar una cama vieja, campesina y de carácter lugareño, que nos agradó, y a buen precio. Felices nos dijimos “sólo falta el colchón”. No nos imaginamos lo que podía llegar a ser la historia de un colchón:

 

En el lugar, evidentemente, no se vendían colchones, tampoco en Morella. Nos dicen “tienen que ir a la mueblería de Vinaroz”, y henos aquí de camino a Vinaroz. En la que nos agradaba, y, además, tenemos mal gusto de encontrarlos muy caros para lo que son. Le decimos al señor que intentaba la venta que no es lo que buscábamos y que además los tenía muy caros, el que, despectivamente habiéndose informado de dónde veníamos, nos responde “si quieren un colchón barato no tienen más que hacerse uno en el pueblo de lana”, le dejamos sorprendido cuando le dijimos que era eso lo que queríamos, ignorantes de toda la ceremonia de un colchón de lana.

Volvemos ilusionados al pueblo, en pleno mes de agosto, es decir bien lejos de la esquila, cosa de la cual ni nos habíamos enterado, diciendo una vez más: “queremos hacernos un colchón de lana”, y amablemente nos responden: “pero muy bien, hay que comprar la lana”, les respondemos “pero eso no es problema, que nos digan donde se compra la lana”, a lo que nos contestan “en ésta época poca hay, ya se ha vendido casi toda”. Luego de algunas vueltas y múltiples preguntas, nos encontramos con alguien que conoce una masía en la que tienen aún lana, pero ya varios días han pasado.

Con el coche de cara a la masía que tiene lana, sin problema nos venden lo necesario para un colchón, ni miramos la lana, no entendemos nada de ello, y sabemos que en esta tierra no se engaña, felices volvemos con las bolsas de lana. Al abrirlas cuánto fue nuestro asombro  de encontrarla tal cual la habían sacado del animal, toda negra, sucia llena de barro, nuestros contactos anteriores con la lana nos daban en memoria una substancia blanca y sedosa, agradable al tacto. Nuevas preguntas, se nos informa que esto es normal, que en las masías se vende la lana tal cual se la esquila, que el que la compra tiene que lavarla en el río. Totalmente ignorantes del proceso del lavado de lana, y aún más en un río, nos decimos ¿y qué haremos con esto?, por suerte nos encuentran dos mujeres que están dispuestas a lavarnos la lana, cuando preguntamos ¿mañana?, nos responden que no es posible, que hay que esperar la buena luna, que la lana no se puede lavar en cualquier luna.

Y henos aquí en espera de la luna nueva, ya se había pasado más de la mitad del mes, pero como todo llega, llegó la luna creciente, y que nos llevan al río la lana. Cuando una hora después las que se habían llevado la lana están de vuelta, viéndolas venir grande era la alegría pensando que la tarea era más liviana de lo que habíamos pensado y que ya estaba terminada, pero nos extraña la cara refunfuñona de las mujeres, que no más llegar nos dicen que rechazan lavar esa lana, que no vales para nada, que es de pata. Una cosa más que aprender, las diferencias de las lanas y para qué se puede utilizar cada una de ellas: para el colchón hay que pedir lana de espalda. Y ahora ¿qué hacemos? - les preguntamos, nos dicen que lo único es ir a cambiar la lana. Paciencia, rápido de vuelta hacia la masía, hay que darse prisa que si no se nos va la luna, y para la siguiente ya no estaríamos allí, por consiguiente adiós colchón hasta el año próximo. Discusión amena con el masovero que sonríe de nuestra ignorancia, una pequeña paga suplementaria nos permite tener nuestra lana de espalda, la que rápidamente llega de vuelta de manera que se pueda proseguir el lavado. Bueno, ya se puede lavar la buena lana, la que al día siguiente vuelve irreconocible, nívea y brillante. Entre tanto, evidentemente, nos habíamos procurado el cotín en la mercería de Morella, ya con cotín y la lana creíamos que las penas estaban terminadas, y que tendríamos el colchón por lo menos una semana. Decimos se puede llamar al colchonero, pero no, nos dicen, hay que hacer los ojalillos; “ojalillos, qué ojalillos?”, delante nuestra perplejidad nos explican que se pasan las cintas por ellos, y que se hacen uno a uno, pero que como no sabíamos ni cómo, ni cuántos, ni a qué distancia, ni nada de ojalillos, era mejor que buscáramos una mujer del pueblo que nos los haga. Con el cotín bajo el brazo, a buscar una ojalillera; el pueblo es chico, lleno de buena voluntad y con cierta compasión para estos forasteros que quizás sepan muchas otras cosas pero que se muestran tan incompetentes en todo lo que es la vida cotidiana tradicional, por consiguiente, encontramos fácilmente una ojalillera. Listos entonces para esperar el colchonero, pero que hay que avisar con tiempo, y darle bien de comer, y sobre todo con mucha carne, ya nos lo dicen. Llega el señor colchonero con sus cañizos, pide sillas para instalarlos, y responde expectativamente cuando se le pregunta ¿cuándo trae la cardadora?, y nos muestra unas varillas, ya estábamos un poco intranquilos por el resultado. Pero, tan desorientados, no nos atrevemos más a preguntar nada, ni a hacer ningún comentario, y cuál fue la maravilla cuando con sus batidas veíamos subir la lana como un gran merengue en el medio de las sillas.. Por la noche teníamos un espléndido colchón, suave, acogedor y muelle, todo lo desead.

Nos íbamos la mañana siguiente, por lo menos pasamos una noche buena en el mes. Desde entonces aprendimos que un colchón es cosa seria, que se programa con tiempo, para esperar la primavera y las lunas nuevas, que por consiguiente hay que tratarlo con respeto, tanto como al colchonero, y, desde entonces se piensa con antelación lo que se va a necesitar, y de un año para el otro se hacen los colchones nuevos, y así se hizo.

Antes de los años 70, cuando llegamos, no había agua corriente en el pueblo. Para el agua se iba a la fuente, para el lavado al lavadero. En el Castillo había agua gracias a la cisterna, que con una pequeña bomba eléctrica y un depósito en las falasas nos daba el agua para los cuartos de aseo y para la limpieza. Pero estando sólo un mes por año, y no sabiendo cuidar la cisterna, el agua no se podía beber, por consiguiente había que buscar el agua para beber y para la cocina en la fuente. Como la casa es grande había en ella, todos los veranos, una cantidad de gente, invitados o no, lo que hacía que necesitáramos gran cantidad de agua, la fuente está en el barranco, el Castillo en la loma. Bajar con los cuatro grandes cántaros vacíos era un paseo, subirlos ya era otra cosa. Por suerte, había un aguatero, señor ya no muy joven y más bien maltrecho, que por unas pocas pesetas venía todos los días con un mulo cuyas alforjas recibían cuatro cántaros, en busca de los cuatro grandes cántaros vacíos, iba a la fuente y nos los traía llenos, con ese arreglo se fue feliz. Pero el aguatero penaba de vivir solo y se puso en habla con una casamentera para buscar compañía, y un buen día se nos viene todo pulcro, que no era costumbre, con camisa bien blanca y bien planchada diciéndonos: “que tengo cita con una viuda, ya no muy fresca pero aún bien, en un pueblo distante que busca marido para poder continuar a trabajar sus tierras”, para felicidad del aguatero, y para pena de nuestros brazos, se realizó la boda. Años después supimos que era feliz, que tenía gran campo y numerosos animales. Por suerte pocos años después se instaló el agua corriente en el pueblo, y con algunos problemas, puesto que el depósito, a pesar de estar en parte en tierras del Castillo, está más bajo que él, se pudo conectar con el agua del pueblo.

El agua marcó la primera gran transformación del pueblo, en verdad ya las antenas de los televisores estaban en casi todas las casas, pero el agua trajo las máquinas lavadoras de ropa, y, a pesar de perder la inviabilidad del lavadero, ya las mujeres no tenían que romper el hielo en invierno para lavar aunque sea lo más indispensable; se instalaron los cuartos de aseo y las cocinas integradas y el fuego en el suelo, con el que se cocinó aún durante años después de nuestra llegada, se convirtieron en chimeneas de calefacción o de adorno, o lamentablemente desaparecieron.

Así, en pocos años, un amable pueblo que vivía seguramente como se vivía hace al menos un siglo, que creía que las trufas servirían para hacer antibióticos o la bomba atómica porque no “era posible que se pagaran sumas tan fabulosas para algo de comer”, que creyó que el hombre que caminaba en la luna era una película de ficción, se instaló en el siglo veintiuno, con sus problemas de estacionamiento, y su piscina. Tanto mejor, puesto que es un bien para todos, pero no olvidan su historia, quizás porque es en algunas cosas recientes y en otras valorizante, y la serenidad que vinimos a buscar está siempre presente.

Para marcar esa transformación, que evidentemente no se ha reducido a Todolella creemos que es divertido copiar una copla anónima encontrada al lado de una anilla en un pueblo de Castilla y destinada a las nuevas generaciones:

Medita con humildad

Cuando aquí aparques el coche

Si en destreza haces derroche,

Y alarde en velocidad,

Modera tu vanidad,

Y sírvate de consuelo,

Que sobre este mismo suelo

Cuando llegaba a esta villa

Con el cordel, a esa anilla

Ataba el burro tu abuelo.

Livia y Ricardo Miravet

Bibliografía sumaria

JOSÉ SEGURA Y BARREDA, “Morella y sus aldeas”, Morella 1868, reedición en facsímil de Amigos de Morella y su comarca en 1980.

MANUEL MILIAN MESTRE, “Morella y sus puertas”, Editorial Occitania, Barcelona 1966. Reedición Montañana, Barcelona 1983.

MANUEL MILIAN BOIX, “Los Señores  del Castillo de la Todolella (Siglos XIII al XV), in Boletín de Amigos de Morella y su Comarca, año IV (1974-1978)

EMILIO BEUT BELENGUER, “Castillos Valencianos”, edición José Huguet, Valencia 1984.

MANUEL GRAU MONSERRAT, “Los Monumentos Góticos Civiles. Els Ports de Morella”, Generalitat Valenciana, Valencia 1986.

JOSE EIXAT FRASNO, “El Escudo de la Todolella”, trabajo inédito leído por su autor en Todolella. Y notas inéditas.